Era se una vez una pequeña niña, apenas tendría ocho años pero era distinta a los demás. No en apariencia pero en el fondo sus pensamientos no eran los propios para una niña de su edad, siquiera para alguien cuerdo lo eran. Siempre estaba sola, observando a los otros niños jugar. Ella no quería jugar, solo quería borrar la sonrisa de esos niños. Aquella niña tenía un oscuro corazón lleno de odio y crueldad, pero también tenía un inmenso vacío que intentaba llenar con el sufrimiento ajeno. Los días que estaba sola en casa se divertía rompiéndolo todo para que su madre se enfadara y así luego verla llorando desesperada y histérica. La maldad de la niña no tenía fin, mataba todo ser viviente al que podía y había aprendido a ser más astuta que el resto de niños para poder meterse con ellos sin que los adultos sospecharan. La oscuridad que invadía el cuerpo de esa niña no tenía fin. Era el mismo diablo encerrado en un cuerpo humano. Finalmente su maldad llegó hasta el punto limite cuando cogió un cuchillo de la cocina y lo hundió en el pecho de su madre mientras esta dormía. Se apartó para observar detenidamente como esta convulsionaba mientras la sangre manchaba las blancas sabanas y se escurría de la cama hasta encharcar el suelo a sus pies. La pequeña sonrío levemente, satisfecha, esa sensación llenó el vacío de su interior. Aspiró el aroma de la sangre pero poco a poco la sensación de vida que sentía en su interior se apagó, pero ya sabía como llenarla; sabía lo que debía hacer para sentirse viva.
Aquel monstruo se alimentaba de la carne y sangre de sus victimas, su cuerpo se había deformado de tal modo que ya no parecía el de un humano. De día dormía y de noche, oculto entre las sombras salía en busca de aquellas preciadas vidas que alimentaban la suya haciéndole cada día más monstruoso, más fuerte y más vivo. Nadie sospechó nunca de su existencia, alguien se encargaba de proteger su rastro, pero nadie podía borrar el dolor que causaba a familiares y conocidos de las víctimas, el dolor, el sufrimiento y la desesperanza eran su alimento y aún ahora lo son. Un ser infernal enviado por el Diablo con una infinita sed de sangre que jamás se apaciguara. Por siempre, esta alma condenada morara entre las sombras devorando vidas humanas para mantener su pobre y misera existencia.